Deflexión

   Hoy me tronché el meñique del pie contra la pata de la mesa.  Maldije la mesa, maldije el meñique, el  universo entero fue acusado de conspirar para causar mi dolor.
  Después, con la mente fría, pensé en el sutil truco que me había jugado mi cerebro. Como un niño que busca endilgar sus culpas a otros, el fallo de cálculo que causó el accidente se transformó en frustración contra un objeto inanimado, otorgándole una voluntad que no tiene.
   ¿Qué nos hace aceptar  por un instante la maldad de una mesa, antes que admitir nuestra propia ineptitud?


La mancha

   La luz de la vela bañaba el cuarto de sombras cambiantes. Sin poder dormir, el monje, de espaldas en el camastro, miraba el cielo raso de su celda.
   Le llamó la atención una mancha de humedad. Era de tono verde y marrón, de bordes imprecisos. En el centro había dos círculos pequeños que el moho no había cubierto. Parecían un par de ojos, y al verlos distinguió también una sonrisa diabólica y, cerca del borde, una nariz grande y angulosa. Después pudo ver la melena de león y un cuerno de carnero.
   Espantado, el monje se arrodilló frente a la cruz de la pared, y juró no volver a espiar a las labradoras.