Natalia Tévez Funes

   Natalia heredó de su madre los genes de la memoria, y también su romanticismo desbocado.
   Desde niña soñó casarse con un hombre, y sólo con un hombre. Para ella, el amor verdadero era desde siempre y para siempre. 
   Por eso, eligió muy bien a quien sería su marido. Y no se equivocó. Octavio fue el hombre perfecto, hasta que murió a los cuarenta años en un accidente.
   Natalia asumió la viudez con la severidad de una católica. Nunca más salió de su casa. Se la pasaba reviviendo los recuerdos más felices con Octavio. Su prodigiosa memoria le permitía reconstruir las escenas con lujo de sensaciones, como en una película en tres dimensiones.
   Nunca más tuvo una relación con un hombre.
 
   

Sobre la popularidad de la guitarra

    
   La guitarra nunca habría llegado a ser un instrumento tan popular, de no haber pasado de tener forma de huevo, en la edad media, a su actual figura de mujer.


Honorio Funes

   Hijo del multimillonario Fabiano Funes, fue tal vez el más pintoresco de los primeros Homo Memor.
   Jugador, rufián y estafador, fue a parar a la cárcel varias veces, por diversos crímenes. La última condena, recién cumplidos los treinta y tres años, fue de cadena perpetua, sin derecho a apelación.
   En la cárcel, Honorio se destacó por su mal comportamiento. Al principio los guardas no comprendieron por qué el reo parecía tener el propósito de permanecer en confinamiento solitario. Tampoco supieron interpretar su quietismo: cuando no dormía, se pasaba las horas inmóvil en un rincón, mirando una pared desnuda, con expresiones cambiantes.
   Después le sonsacaron la verdad: Honorio era capaz de reconstruir en su mente películas completas, incluyendo las bandas sonoras, y reproducirlas en su cabeza como si estuviera en el cine. También podía tocar discos de música (el jazz le ayudaba a adornar el tiempo), leer libros (su novela favorita era El cuarteto de Alejandría, que había leído cuando era adolescente, en el idioma original), o simplemente revivir recuerdos amenos. 
   Lo dejaron ser.  Obviamente, era inútil encarcelar a ese hombre.
  

La jaula

   Gran ciudad. Cinco de la tarde. Mauricio camina por la avenida. Al pasar frente a una cabina telefónica, el teléfono comienza a sonar. Se detiene, mira alrededor, se alza de hombros y levanta el auricular.
   —Hola —, dice.
   —Sabía que contestarías —, responde una mujer.
   Hablan durante algún tiempo. Su voz es joven, de tonos bajos; a veces suena esperanzada, a veces resignada. Mauricio infiere que ella lo está mirando desde una ventana y se anima a invitarla a un café.
   —Nunca me verás la cara —, dice ella, y cuelga.
   

Llamada perdida


   El mundo ha sido destruido. De las ciudades sólo quedan calles cubiertas de polvo y esqueletos de edificios. Un teléfono suena insistentemente entre las ruinas humeantes de una capital. La persona que había marcado tampoco existe y ya no puede colgar.