El vientre de Madre Monte

 
   
—Vamos —dijo Oso Viejo apenas despuntó el día.
Como siempre, lo seguimos sin hacer preguntas. En los últimos tiempos Oso Viejo se había vuelto huraño y misterioso y nunca nos decía qué estaba pensando.
A media mañana comprendimos que nos estaba llevando a la cueva sagrada. "El vientre de Madre Monte", como nuestro pueblo la llama desde los tiempos del hielo, en cuyo seno los chamanes consultan la voluntad de la montaña.
Nos miramos en silencio mientras subíamos la cuesta: eso quería decir que Oso Viejo había tenido otra visión. Desde que ordenó el ataque contra los grifos, las imputaciones de Madre Monte lo despertaban de noche, y ahora debía comparecer en persona. O, al menos, eso era lo que pensábamos.
Luego de trepar varias horas llegamos a la entrada, una grieta negra oculta entre el matorral. Oso Viejo nos permitió descansar. "Coman, beban", dijo, sin probar él mismo bocado ni beber un sorbo de agua, y al rato nos ordenó fabricar antorchas.
Entramos en fila india y avanzamos hasta que la luz de afuera se desvaneció. Entonces encendimos las antorchas y seguimos subiendo hasta llegar a una cueva interior, cuyo acceso se ocultaba entre las sombras. Era fría, amplia y abovedada, con miles de piedras incrustadas en las paredes, que brillaban como estrellas a la luz de nuestras teas. Del techo colgaban luminosas estalactitas, que el suelo replicaba elevando estalagmitas.
Oso Viejo nos ordenó cortar las puntas de las estalactitas más brillantes, 24 en total. Siguiendo sus instrucciones, limpiamos el suelo y formamos un gran círculo con los conos de mineral cristalizado en el centro de la cueva, que ahora brillaba con más intensidad.
Oso Viejo se sentó en medio del ruedo y nos ordenó salir.
Lo esperamos afuera de El vientre. Escuchamos cantos, gemidos, gritos, mezclados con un rumor de tierra. Nos miramos unos a otros, sin comprender. Las antorchas se extinguían una a una.
El amanecer se intuía en la entrada de la cueva cuando Oso Viejo salió, pálido y circunspecto. No pronunció una sola palabra en el trayecto de vuelta al campamento
Oso Viejo murió tres días después. Entonces comprendimos que Madre Monte no lo había  perdonado.