En un remoto rincón de la antigua Mesopotamia, un clan elegía a sus caudillos por medio de una peculiar competencia. En la fecha fijada, los candidatos se paraban en fila y orinaban en la misma dirección: aquel cuyo chorro alcanzaba la mayor distancia, era reconocido como el gran jefe.
El sistema funcionó por generaciones, hasta un día en que, durante una excursión, un joven le preguntó al que orinaba más lejos si cierta planta que habían encontrado era comestible. “Sólo hay una forma de averiguarlo", respondió el mandamás, "y como yo soy el que mea más lejos, a mí me corresponde hacerlo”. La planta resultó ser tóxica y el jefe murió en medio de vómitos y alucinaciones.
De vuelta al poblado, los excursionistas contaron a los demás lo que había ocurrido.
“¡Qué bruto!”, dijo uno de los más viejos, “debe haberse comido una planta de datura”.
"No tenía idea de agricultura", sollozó una labradora.
"Tampoco era buen pistero”, aseveró un cazador.
“Ni sabía comandar”, puntualizó un soldado.
Desde entonces, el clan eligió a sus jefes de acuerdo al que tuviera más cabras.
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