La luz de la vela bañaba el cuarto de sombras cambiantes. Sin poder dormir, el monje, de espaldas en el camastro, miraba el cielo raso de su celda.
Le llamó la atención una mancha de humedad. Era de tono verde y marrón, de bordes imprecisos. En el centro había dos círculos pequeños que el moho no había cubierto. Parecían un par de ojos, y al verlos distinguió también una sonrisa diabólica y, cerca del borde, una nariz grande y angulosa. Después pudo ver la melena de león y un cuerno de carnero.
Espantado, el monje se arrodilló frente a la cruz de la pared, y juró no volver a espiar a las labradoras.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario