El eco de tus pasos en la noche

   Anoche soñé contigo. No te podía ver, pero sabía que estabas cerca, un poco más allá del eco de tus pasos. El sonido era cada vez más fuerte, pero al llegar al lugar de donde parecía provenir, ya repicaban tus tacos en una calle aledaña.
   Cansado, me detenía bajo faroles y toldos. Entonces escuchaba tu voz llamándome, tu risa seductora, y volvían a sonar tus pasos a la vuelta de la esquina. Luego de otra. Y otra...
   Caminé tanto, que cuando desperté me dolían los pies.



 
  

El vientre de Madre Monte

 
   
—Vamos —dijo Oso Viejo apenas despuntó el día.
Como siempre, lo seguimos sin hacer preguntas. En los últimos tiempos Oso Viejo se había vuelto huraño y misterioso y nunca nos decía qué estaba pensando.
A media mañana comprendimos que nos estaba llevando a la cueva sagrada. "El vientre de Madre Monte", como nuestro pueblo la llama desde los tiempos del hielo, en cuyo seno los chamanes consultan la voluntad de la montaña.
Nos miramos en silencio mientras subíamos la cuesta: eso quería decir que Oso Viejo había tenido otra visión. Desde que ordenó el ataque contra los grifos, las imputaciones de Madre Monte lo despertaban de noche, y ahora debía comparecer en persona. O, al menos, eso era lo que pensábamos.
Luego de trepar varias horas llegamos a la entrada, una grieta negra oculta entre el matorral. Oso Viejo nos permitió descansar. "Coman, beban", dijo, sin probar él mismo bocado ni beber un sorbo de agua, y al rato nos ordenó fabricar antorchas.
Entramos en fila india y avanzamos hasta que la luz de afuera se desvaneció. Entonces encendimos las antorchas y seguimos subiendo hasta llegar a una cueva interior, cuyo acceso se ocultaba entre las sombras. Era fría, amplia y abovedada, con miles de piedras incrustadas en las paredes, que brillaban como estrellas a la luz de nuestras teas. Del techo colgaban luminosas estalactitas, que el suelo replicaba elevando estalagmitas.
Oso Viejo nos ordenó cortar las puntas de las estalactitas más brillantes, 24 en total. Siguiendo sus instrucciones, limpiamos el suelo y formamos un gran círculo con los conos de mineral cristalizado en el centro de la cueva, que ahora brillaba con más intensidad.
Oso Viejo se sentó en medio del ruedo y nos ordenó salir.
Lo esperamos afuera de El vientre. Escuchamos cantos, gemidos, gritos, mezclados con un rumor de tierra. Nos miramos unos a otros, sin comprender. Las antorchas se extinguían una a una.
El amanecer se intuía en la entrada de la cueva cuando Oso Viejo salió, pálido y circunspecto. No pronunció una sola palabra en el trayecto de vuelta al campamento
Oso Viejo murió tres días después. Entonces comprendimos que Madre Monte no lo había  perdonado. 

 

El monstruo

 
   El cuento que los mayores inventaban para que los niños se portaran bien estaba tratando de forzar la puerta. Afuera sonaban alarmas, gritos, explosiones.
   La niña se tapó con una manta y trató de no respirar. El monstruo violó la cerradura e irrumpió. Sobre la cama vio el inútil escondite y dos ojos de un horror indescriptible. En esa mirada vio su imagen reflejada.
   La niña lo vio retroceder, como pidiendo perdón.
   Cuando vinieron a rescatarla, el monstruo había escrito en la pared, antes de salir: "Opónganse a aquellos que descreen de Dios, luchen, pero no roben del botín de guerra, no quebranten sus promesas, no mutilen, y no maten a los niños” 

¿Entonces qué?

   Tenía que ser un sueño porque en la vida real las mujeres no tienen los ojos dorados.
   —Ven —dijo, tomándome de la mano, y me llevó por un sendero que cruzaba un paisaje árido, y al cabo llegamos a un montículo de grandes rocas en cuya cima había una hermosa flor amarilla.
   La mujer arrancó la flor y me la ofreció con una sonrisa:
   —Este sueño solo lo ha tenido otra persona en toda la historia. Esta es la flor que soñó Coleridge.
   Al día siguiente desperté con la flor en la mano.

Decisiones

   Me tomaron por sorpresa. ¿Tenía que escapar, encontrar un refugio?
   Opté por huir. En el cruce de caminos tuve que decidir: ¿el norte o el sur?
   El norte. Mala elección. Allí me esperaban.
   Antes de que me vieran, divisé una gruta y tuve que decidir: ¿entro o sigo corriendo?
   Decidí entrar. Craso error. Ahora escucho los ladridos de los perros y los hombres gritando y riendo.
   Tengo que decidir: ¿me dejo matar aquí o intento escapar? Escucho los gatillos de las armas martillando.
   Salgo de la gruta corriendo, sin rumbo, sin esperanza.
   Los disparos espantan a los pájaros.

La mujer que amaba los gatos

    Vivía sola en el rancho que había sido de sus padres antes que la peste negra se los llevara. Era tímida y reservada, hablaba muy poco y rehuía los actos sociales. Los vecinos rara vez la veían afuera, caminando ensimismada por los senderos. Sus únicos acompañantes eran tres gatos: uno gris, uno blanco y uno negro. Los había criado desde cachorros, un regalo que le dejó una gata amarilla que se había arrimado a su rancho poco antes de parir.
   Los vecinos también la vieron jugando con ardillas, conejos y ciervos. Pero fue por culpa del gato negro de ojos verdes que las autoridades eclesiásticas la acusaron de bruja y conciliabula del diablo, y la condenaron a arder en la hoguera. 


Los tres reyes magos

   Mateo los menciona en su crónica de la Natividad. No dice que fueran tres, ni que fueran reyes, sino que fueron "magi", sabios del oriente que dijeron haber seguido una estrella en el oeste que anunciaba el nacimiento del rey de Israel. El evangelista habla de los obsequios de mirra, oro e incienso, y por eso en la imaginación popular los visitantes fueron tres. Vinieron a honrar a un rey, y por eso, tal vez, las leyendas los revistieron de realeza.
   Lucas, el otro evangelista que habla del nacimiento de Jesús, no los menciona en absoluto. Habla en cambio de un ángel del señor que avisa a unos pastores de ovejas que ha nacido el Mesías y les ordena  que vayan a adorarlo.
   Marcos, el primer evangelista (Mateo y Lucas se basaron en él), comienza su crónica cuando Jesús es un hombre mayor; y en Juan, el último evangelista, Jesús es más un dios que un hombre: el verbo hecho carne. Ninguno de los dos se preocupan por si hubo o no un pesebre.
   Los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar, son extra bíblicos y aparecieron por primera vez en mosaicos del siglo IV de la era común.
   La biblia condena la magia y la astrología, lo cual explica que se haya tratado de ocultar que los magi vinieron de Persia y que muy posiblemente fueron astrólogos zoroastrianos.