Ensalada genérica

  
   El hombre lobo, por su buen olfato, fue nombrado para resolver el caso. Entró por un teletransportador y apareció en la escena del crimen, un bar heterosexual en la ciudad Calírroe, en la luna Ganímedes. Sospechaba que la víctima, un mercader de antimateriales de Boston, era un agente secreto que espiaba para los marcianos, por lo cual los principales sospechosos eran los californianos, rivales eternos de aquellos. 
   El agente lobo inspeccionó la escena hasta el último rincón. Ahí encontró un jirón de tela de un género desconocido. Se inclinó para levantarlo con unas pinzas y meterlo en la bolsa de evidencias, cuando el jirón de pronto cambió de color, se estiró y se lanzó contra el rostro del hombre lobo, que retrocedió, perdió el equilibrio y pisó accidentalmente el teletransportador. Fue así que perdió su pierna derecha, que fue a parar a Febos.
   Con el pegajoso retazo de tela aferrado a su cara y sangrando profusamente, el hombre lobo giró como un loco en el bar, saltando en una pierna.
   De no haber sido por D'Artagnan, que casualmente pasaba por ahí, los californianos habrían cumplido su cometido.

     

Deshonra

 

   Mi vida ha terminado. La ley me cayó encima, y con ella el desprestigio y la ignominia. 
   No me queda nada, fuera de ver cómo se deshace todo lo que he construido. Hasta mi familia me ha dado la espalda. 
   De nada servirá dar explicaciones. Mis motivos eran sensatos, pero el resultado fue catastrófico.
   Me esperan el desprecio, la infamia, la humillación. El circo mediático que revolcará mi nombre en el fango. Luego, el juicio, la sentencia y la ejecución.
   Más crueles serían mis jueces si me permitieran vivir hasta el fin de mis días.




Fábula inverosímil

 
   Digamos por decir algo que había una vez una semilla de trigo que se negaba a germinar. Uno podría preguntarse cómo un objeto inanimado puede tener voluntad y libre albedrío. Uno podría incluso aventurar una hipótesis, pero el caso era que la semilla se negaba rotundamente a germinar.
   ¿Por qué?, cabría interrogar a continuación. No quería porque un zorro le había contado que cuando germine y crezca y dé fruto, los hombres la van a segar y después la van a convertir en paja.
   Esto es, curiosamente, bastante verosímil, si uno decide obviar el hecho de que un zorro, que no es por lo general muy locuaz, pueda comunicarse con una semilla, que ni siquiera tiene orejas.
   "¿Por qué me habría de mentir el zorro, que no tiene cartas en el asunto?", aducía (es un decir), la semilla, sin que nadie le pidiera explicaciones. "Lo que él dice me parece muy verosímil", agregaba, concordando conmigo.
   Sin embargo, esta fábula, al final de cuentas, es bastante inverosímil.

 

 

El eco de tus pasos en la noche

   Anoche soñé contigo. No te podía ver, pero sabía que estabas cerca, un poco más allá del eco de tus pasos. El sonido era cada vez más fuerte, pero al llegar al lugar de donde parecía provenir, ya repicaban tus tacos en una calle aledaña.
   Cansado, me detenía bajo faroles y toldos. Entonces escuchaba tu voz llamándome, tu risa seductora, y volvían a sonar tus pasos a la vuelta de la esquina. Luego de otra. Y otra...
   Caminé tanto, que cuando desperté me dolían los pies.



 
  

El vientre de Madre Monte

 
   
—Vamos —dijo Oso Viejo apenas despuntó el día.
Como siempre, lo seguimos sin hacer preguntas. En los últimos tiempos Oso Viejo se había vuelto huraño y misterioso y nunca nos decía qué estaba pensando.
A media mañana comprendimos que nos estaba llevando a la cueva sagrada. "El vientre de Madre Monte", como nuestro pueblo la llama desde los tiempos del hielo, en cuyo seno los chamanes consultan la voluntad de la montaña.
Nos miramos en silencio mientras subíamos la cuesta: eso quería decir que Oso Viejo había tenido otra visión. Desde que ordenó el ataque contra los grifos, las imputaciones de Madre Monte lo despertaban de noche, y ahora debía comparecer en persona. O, al menos, eso era lo que pensábamos.
Luego de trepar varias horas llegamos a la entrada, una grieta negra oculta entre el matorral. Oso Viejo nos permitió descansar. "Coman, beban", dijo, sin probar él mismo bocado ni beber un sorbo de agua, y al rato nos ordenó fabricar antorchas.
Entramos en fila india y avanzamos hasta que la luz de afuera se desvaneció. Entonces encendimos las antorchas y seguimos subiendo hasta llegar a una cueva interior, cuyo acceso se ocultaba entre las sombras. Era fría, amplia y abovedada, con miles de piedras incrustadas en las paredes, que brillaban como estrellas a la luz de nuestras teas. Del techo colgaban luminosas estalactitas, que el suelo replicaba elevando estalagmitas.
Oso Viejo nos ordenó cortar las puntas de las estalactitas más brillantes, 24 en total. Siguiendo sus instrucciones, limpiamos el suelo y formamos un gran círculo con los conos de mineral cristalizado en el centro de la cueva, que ahora brillaba con más intensidad.
Oso Viejo se sentó en medio del ruedo y nos ordenó salir.
Lo esperamos afuera de El vientre. Escuchamos cantos, gemidos, gritos, mezclados con un rumor de tierra. Nos miramos unos a otros, sin comprender. Las antorchas se extinguían una a una.
El amanecer se intuía en la entrada de la cueva cuando Oso Viejo salió, pálido y circunspecto. No pronunció una sola palabra en el trayecto de vuelta al campamento
Oso Viejo murió tres días después. Entonces comprendimos que Madre Monte no lo había  perdonado. 

 

El monstruo

 
   El cuento que los mayores inventaban para que los niños se portaran bien estaba tratando de forzar la puerta. Afuera sonaban alarmas, gritos, explosiones.
   La niña se tapó con una manta y trató de no respirar. El monstruo violó la cerradura e irrumpió. Sobre la cama vio el inútil escondite y dos ojos de un horror indescriptible. En esa mirada vio su imagen reflejada.
   La niña lo vio retroceder, como pidiendo perdón.
   Cuando vinieron a rescatarla, el monstruo había escrito en la pared, antes de salir: "Opónganse a aquellos que descreen de Dios, luchen, pero no roben del botín de guerra, no quebranten sus promesas, no mutilen, y no maten a los niños” 

¿Entonces qué?

   Tenía que ser un sueño porque en la vida real las mujeres no tienen los ojos dorados.
   —Ven —dijo, tomándome de la mano, y me llevó por un sendero que cruzaba un paisaje árido, y al cabo llegamos a un montículo de grandes rocas en cuya cima había una hermosa flor amarilla.
   La mujer arrancó la flor y me la ofreció con una sonrisa:
   —Este sueño solo lo ha tenido otra persona en toda la historia. Esta es la flor que soñó Coleridge.
   Al día siguiente desperté con la flor en la mano.