El monstruo

 
   El cuento que los mayores inventaban para que los niños se portaran bien estaba tratando de forzar la puerta. Afuera sonaban alarmas, gritos, explosiones.
   La niña se tapó con una manta y trató de no respirar. El monstruo violó la cerradura e irrumpió. Sobre la cama vio el inútil escondite y dos ojos de un horror indescriptible. En esa mirada vio su imagen reflejada.
   La niña lo vio retroceder, como pidiendo perdón.
   Cuando vinieron a rescatarla, el monstruo había escrito en la pared, antes de salir: "Opónganse a aquellos que descreen de Dios, luchen, pero no roben del botín de guerra, no quebranten sus promesas, no mutilen, y no maten a los niños” 

¿Entonces qué?

   Tenía que ser un sueño porque en la vida real las mujeres no tienen los ojos dorados.
   —Ven —dijo, tomándome de la mano, y me llevó por un sendero que cruzaba un paisaje árido, y al cabo llegamos a un montículo de grandes rocas en cuya cima había una hermosa flor amarilla.
   La mujer arrancó la flor y me la ofreció con una sonrisa:
   —Este sueño solo lo ha tenido otra persona en toda la historia. Esta es la flor que soñó Coleridge.
   Al día siguiente desperté con la flor en la mano.

Decisiones

   Me tomaron por sorpresa. ¿Tenía que escapar, encontrar un refugio?
   Opté por huir. En el cruce de caminos tuve que decidir: ¿el norte o el sur?
   El norte. Mala elección. Allí me esperaban.
   Antes de que me vieran, divisé una gruta y tuve que decidir: ¿entro o sigo corriendo?
   Decidí entrar. Craso error. Ahora escucho los ladridos de los perros y los hombres gritando y riendo.
   Tengo que decidir: ¿me dejo matar aquí o intento escapar? Escucho los gatillos de las armas martillando.
   Salgo de la gruta corriendo, sin rumbo, sin esperanza.
   Los disparos espantan a los pájaros.

La mujer que amaba los gatos

    Vivía sola en el rancho que había sido de sus padres antes que la peste negra se los llevara. Era tímida y reservada, hablaba muy poco y rehuía los actos sociales. Los vecinos rara vez la veían afuera, caminando ensimismada por los senderos. Sus únicos acompañantes eran tres gatos: uno gris, uno blanco y uno negro. Los había criado desde cachorros, un regalo que le dejó una gata amarilla que se había arrimado a su rancho poco antes de parir.
   Los vecinos también la vieron jugando con ardillas, conejos y ciervos. Pero fue por culpa del gato negro de ojos verdes que las autoridades eclesiásticas la acusaron de bruja y conciliabula del diablo, y la condenaron a arder en la hoguera. 


Los tres reyes magos

   Mateo los menciona en su crónica de la Natividad. No dice que fueran tres, ni que fueran reyes, sino que fueron "magi", sabios del oriente que dijeron haber seguido una estrella en el oeste que anunciaba el nacimiento del rey de Israel. El evangelista habla de los obsequios de mirra, oro e incienso, y por eso en la imaginación popular los visitantes fueron tres. Vinieron a honrar a un rey, y por eso, tal vez, las leyendas los revistieron de realeza.
   Lucas, el otro evangelista que habla del nacimiento de Jesús, no los menciona en absoluto. Habla en cambio de un ángel del señor que avisa a unos pastores de ovejas que ha nacido el Mesías y les ordena  que vayan a adorarlo.
   Marcos, el primer evangelista (Mateo y Lucas se basaron en él), comienza su crónica cuando Jesús es un hombre mayor; y en Juan, el último evangelista, Jesús es más un dios que un hombre: el verbo hecho carne. Ninguno de los dos se preocupan por si hubo o no un pesebre.
   Los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar, son extra bíblicos y aparecieron por primera vez en mosaicos del siglo IV de la era común.
   La biblia condena la magia y la astrología, lo cual explica que se haya tratado de ocultar que los magi vinieron de Persia y que muy posiblemente fueron astrólogos zoroastrianos.



 

Aquí no ha pasado nada

   —Mi comandante, manda a decir el general Oviedo que ha tenido un serio percance —el teniente Rodríguez sopesa la expresión en el rostro rubicundo del almirante Alvarado.
   —¿Tengo que preguntarle qué pasó? ¡Hable de una vez, teniente!
   —Se trata del convoy de cisternas que usted ordenó para abastecer el frente con combustible.
   —No me diga que se retrasaron.
   —Peor. Sufrieron una emboscada cuando cruzaban Carrascal. Todas las cisternas estallaron al mismo tiempo.
   —¿Y de quién fue la gran idea de meterse en ese avispero?
   —Es que la vía de Santa Rosa estaba bloqueada por un derrumbe.
   —¿Cuántas bajas?
   —Cuarenta, mi comandante. Sin contar los habitantes del pueblo, unos mil doscientos.
   —Dios los tenga en su santa gloria. ¿Y dónde estaba el general Oviedo?
   —Estaba comandando las operaciones desde su cuartel general en Los Fresnos.
   —Gracias, teniente. Eso es todo.
   El teniente Rodríguez se entiesa, levanta la barbilla, taconea y saluda.
   —¡Mi comandante!
   El almirante Alvarado espera que el subalterno salga del despacho y levanta el auricular del teléfono.
   —General, bonito lío en el que nos ha metido... ¡No hable!, ¡escuche! Vaya con una fuerza a Carrascal y borren las evidencias, quemen los cadáveres hasta que no quede ni un hueso y esparzan las cenizas por las montañas, y después quiten todos los letreros viales y desvíen las carreteras, que no quede ni memoria de ese pueblo, y si alguien pregunta por algún pariente o amigo, que desaparezca. Después, usted, personalmente, va a borrar a Carrascal de todos los mapas, de todas las enciclopedias, toda referencia a ese pueblo, dondequiera que la encuentre, aunque le tome el resto de sus días. ¿Comprendido?
   Luego de colgar, camina con paso marcial de un extremo al otro del despacho, con las manos cruzadas a sus espaldas, bufando y maldiciendo. Al cabo se sienta, saca una botella de ron y un vaso del gabinete inferior, se sirve un trago, pone las botas sobre el escritorio y enciende un cigarro.
   “Por suerte”, se dice, “a nadie se le ha ocurrido dedicarle una canción a ese pueblo de mierda”.


El juicio de Marduk

   Cuando el rey de Asiria, el jactancioso Senaquerib, decidió castigar a la orgullosa Babilonia,  un odio generacional y la impotencia hereditaria de subyugar a los habitantes de la sagrada ciudad lo llevaron a cometer actos que horrorizaron a las demás ciudades de la Medialuna Fértil.
   Luego de sitiar a Babilonia durante quince meses, y de masacrar y esclavizar a sus habitantes, Senaquerib describió así lo que hizo después: "destruí la ciudad y sus casas, desde los cimientos hasta los parapetos, los arrasé y los quemé, desbaraté las paredes de ladrillo de barro de las murallas, de los templos y el ziggurat, y los tiré al canal de Aratú, cavé zanjas en medio de la ciudad, y la inundé, deshice los cimientos y los borré como si hubiera pasado un temporal, para que en los días venideros nadie pueda reconocer el lugar de esa ciudad y de sus templos, que disolví en el agua y la dejé anegada".
   Cuando las demás ciudades protestaron por la destrucción de Babilonia, Senaquerib respondió secuestrando la estatua del dios tutelar de la ciudad, Marduk, para llevarlo a la ciudad de Nínive, donde, en presencia de las autoridades jurídicas del imperio, el rey sometió a juicio al dios, acusándolo de haber sido la causa del orgullo desmedido de Babilonia y de su subsecuente destrucción.
   La tableta en que se narran estos hechos está desportillada y no registra las palabras que el dios caído empleó para reivindicar su nombre, ni cuál fue la sentencia de los jueces.
   Lo cierto es que el dios finalmente triunfó sobre el humano, cuando años después Asarhaddón, hijo de Senaquerib, reconstruyó Babilonia y restauró a Marduk en su ziggurat.