Para desvirtuar los rumores de que estaba mal de salud, el presidente hizo llamar a la prensa.
—El mensaje debe quedar claro —, dijo al reportero y al camarógrafo que comparecieron. Les pidió que lo acompañen en su caminata matinal. Les advirtió que la entrevista sería televisada esa noche.
Los tres caminaron por el sendero de un bosque lindante, mientras el mandamás hablaba de sus años en el ejército, de su tiempo en la cárcel como prisionero político, dando pasos rápidos y enérgicos. El reportero hacía preguntas, el camarógrafo filmaba.
Pero, por mirar directo a la videocámara, el presidente tropezó con una raíz y se fue de bruces contra un tronco. Alcanzó a amortiguar el golpe con los brazos, pero se lastimó la mano y la rodilla.
El reportero hizo al camarógrafo un gesto de cuchillo al cuello.
—Volvamos a la residencia, muchachos —, dijo el presidente, luego de vendarse la mano con un pañuelo.
Al llegar llamó al jefe de seguridad y le dio instrucciones.
Unos agentes decomisaron la videocámara y condujeron a los periodistas hacia una furgoneta sin placa.
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