En este mundo vibrante todo es cuestión de frecuencias, y Tan Kanimono las estudiaba a fondo. Un día encontró lo que buscaba: la cadencia que abría el portal al mundo de los muertos. Desde que su prometida, Hana-no-ami, murió de la peste en la Isla de Okinawa, sólo pensaba ir a verla y consolarla por su trágica y corta vida.
Tan Kanimono fabricó un silbato de madera, mientras recordaba a su amada el último día que la vio, saludándolo desde la cubierta de un barco que se alejaba. Esperó a utilizarlo el día propicio y en el lugar adecuado: un bosque de cerezos en flor.
Cuando llegó al más allá, habló con otras víctimas de la peste, pero nadie supo darle noticias. La buscó, con creciente desespero, entre los muertos más viejos, y tampoco dio con sus rastros.
Finalmente, decidió viajar a la isla y averiguar entre los vivos. Después de muchas pesquisas, la encontró, bajo otro nombre, en un burdel del puerto. Hana-no-ami le contó que el pariente que la había convencido que viniera a Okinawa resultó ser un tratante de mujeres, y que para ocultar su deshonra a sus padres, hizo correr el rumor de que había muerto.
Tan Kanimono sintió compasión por su amada. Le dijo que pensaría en una solución. Días después volvió con la respuesta:
—Este silbato que ves lo usé para buscarte en el mundo de los muertos, y ahora puedo abrir con él los corredores del tiempo. Viajaremos al pasado, al día antes de nuestra despedida. Toma esta nota y guárdala en tu sayo, porque es posible que no recordemos este terrible presente que debemos evitar.
Tan Kanimono sonó su silbato y los amantes entraron por el portal del tiempo,
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