Hijo del multimillonario Fabiano Funes, fue tal vez el más pintoresco de los primeros Homo Memor.
Jugador, rufián y estafador, fue a parar a la cárcel varias veces, por diversos crímenes. La última condena, recién cumplidos los treinta y tres años, fue de cadena perpetua, sin derecho a apelación.
En la cárcel, Honorio se destacó por su mal comportamiento. Al principio los guardas no comprendieron por qué el reo parecía tener el propósito de permanecer en confinamiento solitario. Tampoco supieron interpretar su quietismo: cuando no dormía, se pasaba las horas inmóvil en un rincón, mirando una pared desnuda, con expresiones cambiantes.
Después le sonsacaron la verdad: Honorio era capaz de reconstruir en su mente películas completas, incluyendo las bandas sonoras, y reproducirlas en su cabeza como si estuviera en el cine. También podía tocar discos de música (el jazz le ayudaba a adornar el tiempo), leer libros (su novela favorita era El cuarteto de Alejandría, que había leído cuando era adolescente, en el idioma original), o simplemente revivir recuerdos amenos.
Lo dejaron ser. Obviamente, era inútil encarcelar a ese hombre.
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