Natalia heredó de su madre los genes de la memoria, y también su romanticismo desbocado.
Desde niña soñó casarse con un hombre, y sólo con un hombre. Para ella, el amor verdadero era desde siempre y para siempre.
Por eso, eligió muy bien a quien sería su marido. Y no se equivocó. Octavio fue el hombre perfecto, hasta que murió a los cuarenta años en un accidente.
Natalia asumió la viudez con la severidad de una católica. Nunca más salió de su casa. Se la pasaba reviviendo los recuerdos más felices con Octavio. Su prodigiosa memoria le permitía reconstruir las escenas con lujo de sensaciones, como en una película en tres dimensiones.
Nunca más tuvo una relación con un hombre.
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