EXAgem


   Yo era muy niño cuando mi padre me mostró la piedra. Parecía ser mitad esmeralda, mitad topacio. "Cuando yo muera", me dijo, "iré a vivir ahí".
   Toda mi vida pensé que lo había dicho para hacerse el interesante. Hasta la semana pasada, cuando, acostado en la camilla de su laboratorio, antes de someterse al procedimiento, me dijo la verdad: lo que me había mostrado no era una gema cualquiera. Era un EXAgem: un dispositivo de memoria de 200 exas que él había inventado y al que se disponía a transferir su consciencia.
   "Si lo logro, será la primera vez que un ser humano alcanza la inmortalidad", afirmó. Yo le hice ver que, para  realmente vencer a la muerte, era necesario encontrar el método para transferir su consciencia, almacenada en el EXAgem, a un cuerpo humano. Me dijo que ese era su plan, y que yo sería la pieza clave. Había informado a la junta de accionistas que yo me haría cargo de la compañía. No les dijo, sin embargo, que yo completaría la investigación y conseguiría los recursos para la segunda fase. "Debes mantenerla en secreto. No queremos que esta tecnología caiga en manos del gobierno".  Siguió hablando por un rato. Luego dijo "confío en tí", activó la transferencia de consciencia y murió.
   Hoy he hablado con la junta de accionistas. No fue difícil convencerlos de poner todos los esfuerzos en la comercialización de los productos actualmente en el mercado. Ya di la notificación de despido al director de Investigación y Desarrollo y a todos sus asistentes.
   El EXAgem en el que subsiste mi padre hace un excelente centro de mesa.


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