Milagro
Los paganos sitiaban la ciudad y todo parecía perdido. El obispo rezaba y lloraba, postrado frente a la estatua de San Mercurio, que en los tiempos de los romanos había sido un soldado, antes de su conversión y martirio. La estatua portaba lanza y escudo, y el pasado guerrero del santo lo hacía un idóneo patrono protector.
Al día siguiente, la ciudad despertó con la noticia de que las huestes enemigas se habían retirado, y que sus comandantes habían sido encontrados con el corazón atravesado.
El obispo corrió a la capilla para agradecer al santo, y encontró la estatua con las sandalias embarradas y la lanza ensangrentada.
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