Percepciones


   Una hilera de hormigas acarrea partes de un cucarrón muerto por el tronco de una acacia, en un parque que corona una loma. Al lado del árbol, sentado en un banco, hay un hombre, acaso un tanto melancólico, que observa a las hormigas. A su derecha, un gato, echado sobre el tocón de un chiminango, también las mira. Arriba, entre la fronda de la acacia, un bichofué captura la escena en su totalidad.
   Para las hormigas, el mundo se reduce a ese camino vertical por la corteza rugosa, sus accidentes y obstáculos. Sus antenas perciben huellas químicas, mensajes cifrados en moléculas. Sus ojos compuestos captan la luz ultravioleta y forman en sus cerebros una imagen pixelada; los tres ocelos que poseen en el centro de la cabeza les permite guiarse por el sol y las estrellas.
   El gato acaba de comerse una lagartija y se asolea sobre el tocón, con ojos entrecerrados: la representación viva de la placidez.
   El hombre no sólo observa, sino que piensa en el minúsculo mundo de los insectos, en lo diferente que debe ser la percepción de un gato a la de un pájaro, en que tal vez el Universo necesita a los seres sensibles para ser percibido por diferentes consciencias y niveles de percepción, a fin de explicar o constatar su existencia.
   Los pensamientos del hombre son interrumpidos cuando el bichofué se lanza en picada desde su rama y arrebata la cabeza del cucarrón a las hormigas.
   El gato levanta la cabeza y mueve la cola. El hombre mira al pájaro alejarse. La acacia, mecida por el viento, sólo percibe el aire y la luz de la tarde.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario