Diálogo previo a un asalto
—Confío en ti —, dijo el ladrón.
—Y yo en ti —, respondió su compinche.
Ambos estaban mintiendo.
El que mea más lejos
En un remoto rincón de la antigua Mesopotamia, un clan elegía a sus caudillos por medio de una peculiar competencia. En la fecha fijada, los candidatos se paraban en fila y orinaban en la misma dirección: aquel cuyo chorro alcanzaba la mayor distancia, era reconocido como el gran jefe.
El sistema funcionó por generaciones, hasta un día en que, durante una excursión, un joven le preguntó al que orinaba más lejos si cierta planta que habían encontrado era comestible. “Sólo hay una forma de averiguarlo", respondió el mandamás, "y como yo soy el que mea más lejos, a mí me corresponde hacerlo”. La planta resultó ser tóxica y el jefe murió en medio de vómitos y alucinaciones.
De vuelta al poblado, los excursionistas contaron a los demás lo que había ocurrido.
“¡Qué bruto!”, dijo uno de los más viejos, “debe haberse comido una planta de datura”.
"No tenía idea de agricultura", sollozó una labradora.
"Tampoco era buen pistero”, aseveró un cazador.
“Ni sabía comandar”, puntualizó un soldado.
Desde entonces, el clan eligió a sus jefes de acuerdo al que tuviera más cabras.
Scumbag Brain
En los últimos tiempos me ha dado por tener conversaciones con mi cerebro. Después de todo, ¿podría uno llevar un diálogo coherente con el páncreas, el bazo o los intestinos?
"Cerebro", le/me inquiero, "¿cómo es que te olvidaste del nombre de aquel poeta del renacimiento, que siempre has sabido, justo cuando intentaba causar una buena impresión en Patricia? ¿Por qué, de repente, no supiste qué cosa fui a buscar al cuarto, y me quedé ahí parado, como un estúpido? O aquella vez que desperté con la certeza de haber tenido una epifanía en un sueño, y tú dijiste, ¿cuál sueño? ¿Por qué te olvidas de lo que quiero recordar, y te obsesionas con lo que quiero olvidar... como Patricia, por ejemplo?"
Mi cerebro nunca responde a mis preguntas. No en forma verbal, en todo caso. Porque he notado que la incidencia de estas canalladas se ha agudizado. Ahora último, por ejemplo, le ha dado por calcular mal donde termina mi cuerpo, resultando en corrientazos en el codo, el meñique del pie tronchado y un chichón en la cabeza.¿Está acaso tomando a mal mis quejas? ¿Será por eso que cuando voy en el carro a ciento veinte kilómetros por hora, considera que es buen momento para dormir, y despierto con un sobresalto, justo a tiempo para evitar el accidente? ¿De qué se trata? ¿De una advertencia o de una amenaza?
"Cerebro", protesto, "¿no se supone que tu principal función es la de mantenerme vivo?"
Parece que no, porque esta mañana desperté empuñando mi revólver.
Parece que no, porque esta mañana desperté empuñando mi revólver.
Geometría imaginaria del amor
Hoy volvimos a salir los tres: mi amigo, su novia y yo. Noté de nuevo que ella me buscaba con la mirada, que estaba atenta a todo lo que yo decía. En un momento, incluso, se acercó con disimulo y su seno rozó mi brazo.
Me pregunté si no estaría imaginando cosas. Pero con una caricia furtiva ella despejó mis dudas.
¿Traicionaría a mi amigo? No enfrente de él, en todo caso. Me hice el que no me enteraba.
Pero esta noche, en la soledad de mi cuarto, no he hecho sino volver una y otra vez sobre la escena, variando en cada iteración los detalles de otros desenlaces posibles.
Lo que pasa en mi mente, se queda en mi mente.
El cuento número cien
He escrito noventa y nueve cuentos. O sea que éste sería el número cien.
¿Qué lo diferenciaría de los otros cuentos? Nada, fuera de que completaría la centena.
Otros números sirven de guía, como el siete y el doce, o tienen asociaciones místicas, como el uno y el tres. Pero el cien es fatídico: el centenario de la fundación, la guerra de los cien días, cien años de soledad. Otorga importancia intrínseca, sólo por tratarse del número cien.
Por eso escribirlo es un reto, un hito cargado de fatalidad. El número cien debe ser un cuento bueno. Es más, debe ser el mejor de todos, sin otro motivo fuera de que sería el número cien.
¿Qué subgénero de la ficción breve debería adoptar? ¿Minicuento de terror, metaficción mínima, minicuento en verso, minicuento de ciencia ficción, miniensayo, minisaga, minipoema en prosa? ¿O tal vez habría que inventar otro subgénero? Son demasiadas opciones, pero sólo una será la acertada para escribir el cuento número cien.
Es abrumadora la responsabilidad. Cualquier paso en falso podría llevar al fracaso. Es del todo posible que no llegue a escribirlo.
Amor invernal
—Nunca te dije eso —aclaró la universitaria. —Gracias por brindarme tu calor en las noches de invierno. Ahora llegó la primavera, así que adiós.
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