En los últimos tiempos me ha dado por tener conversaciones con mi cerebro. Después de todo, ¿podría uno llevar un diálogo coherente con el páncreas, el bazo o los intestinos?
"Cerebro", le/me inquiero, "¿cómo es que te olvidaste del nombre de aquel poeta del renacimiento, que siempre has sabido, justo cuando intentaba causar una buena impresión en Patricia? ¿Por qué, de repente, no supiste qué cosa fui a buscar al cuarto, y me quedé ahí parado, como un estúpido? O aquella vez que desperté con la certeza de haber tenido una epifanía en un sueño, y tú dijiste, ¿cuál sueño? ¿Por qué te olvidas de lo que quiero recordar, y te obsesionas con lo que quiero olvidar... como Patricia, por ejemplo?"
Mi cerebro nunca responde a mis preguntas. No en forma verbal, en todo caso. Porque he notado que la incidencia de estas canalladas se ha agudizado. Ahora último, por ejemplo, le ha dado por calcular mal donde termina mi cuerpo, resultando en corrientazos en el codo, el meñique del pie tronchado y un chichón en la cabeza.¿Está acaso tomando a mal mis quejas? ¿Será por eso que cuando voy en el carro a ciento veinte kilómetros por hora, considera que es buen momento para dormir, y despierto con un sobresalto, justo a tiempo para evitar el accidente? ¿De qué se trata? ¿De una advertencia o de una amenaza?
"Cerebro", protesto, "¿no se supone que tu principal función es la de mantenerme vivo?"
Parece que no, porque esta mañana desperté empuñando mi revólver.
Parece que no, porque esta mañana desperté empuñando mi revólver.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario