Tenía que ser un sueño porque en la vida real las mujeres no tienen los ojos dorados.
—Ven —dijo, tomándome de la mano, y me llevó por un sendero que cruzaba un paisaje árido, y al cabo llegamos a un montículo de grandes rocas en cuya cima había una hermosa flor amarilla.
La mujer arrancó la flor y me la ofreció con una sonrisa:
—Este sueño solo lo ha tenido otra persona en toda la historia. Esta es la flor que soñó Coleridge.
Al día siguiente desperté con la flor en la mano.
—Ven —dijo, tomándome de la mano, y me llevó por un sendero que cruzaba un paisaje árido, y al cabo llegamos a un montículo de grandes rocas en cuya cima había una hermosa flor amarilla.
La mujer arrancó la flor y me la ofreció con una sonrisa:
—Este sueño solo lo ha tenido otra persona en toda la historia. Esta es la flor que soñó Coleridge.
Al día siguiente desperté con la flor en la mano.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario