Aquí no ha pasado nada

   —Mi comandante, manda a decir el general Oviedo que ha tenido un serio percance —el teniente Rodríguez sopesa la expresión en el rostro rubicundo del almirante Alvarado.
   —¿Tengo que preguntarle qué pasó? ¡Hable de una vez, teniente!
   —Se trata del convoy de cisternas que usted ordenó para abastecer el frente con combustible.
   —No me diga que se retrasaron.
   —Peor. Sufrieron una emboscada cuando cruzaban Carrascal. Todas las cisternas estallaron al mismo tiempo.
   —¿Y de quién fue la gran idea de meterse en ese avispero?
   —Es que la vía de Santa Rosa estaba bloqueada por un derrumbe.
   —¿Cuántas bajas?
   —Cuarenta, mi comandante. Sin contar los habitantes del pueblo, unos mil doscientos.
   —Dios los tenga en su santa gloria. ¿Y dónde estaba el general Oviedo?
   —Estaba comandando las operaciones desde su cuartel general en Los Fresnos.
   —Gracias, teniente. Eso es todo.
   El teniente Rodríguez se entiesa, levanta la barbilla, taconea y saluda.
   —¡Mi comandante!
   El almirante Alvarado espera que el subalterno salga del despacho y levanta el auricular del teléfono.
   —General, bonito lío en el que nos ha metido... ¡No hable!, ¡escuche! Vaya con una fuerza a Carrascal y borren las evidencias, quemen los cadáveres hasta que no quede ni un hueso y esparzan las cenizas por las montañas, y después quiten todos los letreros viales y desvíen las carreteras, que no quede ni memoria de ese pueblo, y si alguien pregunta por algún pariente o amigo, que desaparezca. Después, usted, personalmente, va a borrar a Carrascal de todos los mapas, de todas las enciclopedias, toda referencia a ese pueblo, dondequiera que la encuentre, aunque le tome el resto de sus días. ¿Comprendido?
   Luego de colgar, camina con paso marcial de un extremo al otro del despacho, con las manos cruzadas a sus espaldas, bufando y maldiciendo. Al cabo se sienta, saca una botella de ron y un vaso del gabinete inferior, se sirve un trago, pone las botas sobre el escritorio y enciende un cigarro.
   “Por suerte”, se dice, “a nadie se le ha ocurrido dedicarle una canción a ese pueblo de mierda”.


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