Cuando el rey de Asiria, el jactancioso Senaquerib, decidió castigar a la orgullosa Babilonia, un odio generacional y la impotencia hereditaria de subyugar a los habitantes de la sagrada ciudad lo llevaron a cometer actos que horrorizaron a las demás ciudades de la Medialuna Fértil.
Luego de sitiar a Babilonia durante quince meses, y de masacrar y esclavizar a sus habitantes, Senaquerib describió así lo que hizo después: "destruí la ciudad y sus casas, desde los cimientos hasta los parapetos, los arrasé y los quemé, desbaraté las paredes de ladrillo de barro de las murallas, de los templos y el ziggurat, y los tiré al canal de Aratú, cavé zanjas en medio de la ciudad, y la inundé, deshice los cimientos y los borré como si hubiera pasado un temporal, para que en los días venideros nadie pueda reconocer el lugar de esa ciudad y de sus templos, que disolví en el agua y la dejé anegada".
Cuando las demás ciudades protestaron por la destrucción de Babilonia, Senaquerib respondió secuestrando la estatua del dios tutelar de la ciudad, Marduk, para llevarlo a la ciudad de Nínive, donde, en presencia de las autoridades jurídicas del imperio, el rey sometió a juicio al dios, acusándolo de haber sido la causa del orgullo desmedido de Babilonia y de su subsecuente destrucción.
La tableta en que se narran estos hechos está desportillada y no registra las palabras que el dios caído empleó para reivindicar su nombre, ni cuál fue la sentencia de los jueces.
Lo cierto es que el dios finalmente triunfó sobre el humano, cuando años después Asarhaddón, hijo de Senaquerib, reconstruyó Babilonia y restauró a Marduk en su ziggurat.
Luego de sitiar a Babilonia durante quince meses, y de masacrar y esclavizar a sus habitantes, Senaquerib describió así lo que hizo después: "destruí la ciudad y sus casas, desde los cimientos hasta los parapetos, los arrasé y los quemé, desbaraté las paredes de ladrillo de barro de las murallas, de los templos y el ziggurat, y los tiré al canal de Aratú, cavé zanjas en medio de la ciudad, y la inundé, deshice los cimientos y los borré como si hubiera pasado un temporal, para que en los días venideros nadie pueda reconocer el lugar de esa ciudad y de sus templos, que disolví en el agua y la dejé anegada".
Cuando las demás ciudades protestaron por la destrucción de Babilonia, Senaquerib respondió secuestrando la estatua del dios tutelar de la ciudad, Marduk, para llevarlo a la ciudad de Nínive, donde, en presencia de las autoridades jurídicas del imperio, el rey sometió a juicio al dios, acusándolo de haber sido la causa del orgullo desmedido de Babilonia y de su subsecuente destrucción.
La tableta en que se narran estos hechos está desportillada y no registra las palabras que el dios caído empleó para reivindicar su nombre, ni cuál fue la sentencia de los jueces.
Lo cierto es que el dios finalmente triunfó sobre el humano, cuando años después Asarhaddón, hijo de Senaquerib, reconstruyó Babilonia y restauró a Marduk en su ziggurat.
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