Aquí no ha pasado nada

   —Mi comandante, manda a decir el general Oviedo que ha tenido un serio percance —el teniente Rodríguez sopesa la expresión en el rostro rubicundo del almirante Alvarado.
   —¿Tengo que preguntarle qué pasó? ¡Hable de una vez, teniente!
   —Se trata del convoy de cisternas que usted ordenó para abastecer el frente con combustible.
   —No me diga que se retrasaron.
   —Peor. Sufrieron una emboscada cuando cruzaban Carrascal. Todas las cisternas estallaron al mismo tiempo.
   —¿Y de quién fue la gran idea de meterse en ese avispero?
   —Es que la vía de Santa Rosa estaba bloqueada por un derrumbe.
   —¿Cuántas bajas?
   —Cuarenta, mi comandante. Sin contar los habitantes del pueblo, unos mil doscientos.
   —Dios los tenga en su santa gloria. ¿Y dónde estaba el general Oviedo?
   —Estaba comandando las operaciones desde su cuartel general en Los Fresnos.
   —Gracias, teniente. Eso es todo.
   El teniente Rodríguez se entiesa, levanta la barbilla, taconea y saluda.
   —¡Mi comandante!
   El almirante Alvarado espera que el subalterno salga del despacho y levanta el auricular del teléfono.
   —General, bonito lío en el que nos ha metido... ¡No hable!, ¡escuche! Vaya con una fuerza a Carrascal y borren las evidencias, quemen los cadáveres hasta que no quede ni un hueso y esparzan las cenizas por las montañas, y después quiten todos los letreros viales y desvíen las carreteras, que no quede ni memoria de ese pueblo, y si alguien pregunta por algún pariente o amigo, que desaparezca. Después, usted, personalmente, va a borrar a Carrascal de todos los mapas, de todas las enciclopedias, toda referencia a ese pueblo, dondequiera que la encuentre, aunque le tome el resto de sus días. ¿Comprendido?
   Luego de colgar, camina con paso marcial de un extremo al otro del despacho, con las manos cruzadas a sus espaldas, bufando y maldiciendo. Al cabo se sienta, saca una botella de ron y un vaso del gabinete inferior, se sirve un trago, pone las botas sobre el escritorio y enciende un cigarro.
   “Por suerte”, se dice, “a nadie se le ha ocurrido dedicarle una canción a ese pueblo de mierda”.


El juicio de Marduk

   Cuando el rey de Asiria, el jactancioso Senaquerib, decidió castigar a la orgullosa Babilonia,  un odio generacional y la impotencia hereditaria de subyugar a los habitantes de la sagrada ciudad lo llevaron a cometer actos que horrorizaron a las demás ciudades de la Medialuna Fértil.
   Luego de sitiar a Babilonia durante quince meses, y de masacrar y esclavizar a sus habitantes, Senaquerib describió así lo que hizo después: "destruí la ciudad y sus casas, desde los cimientos hasta los parapetos, los arrasé y los quemé, desbaraté las paredes de ladrillo de barro de las murallas, de los templos y el ziggurat, y los tiré al canal de Aratú, cavé zanjas en medio de la ciudad, y la inundé, deshice los cimientos y los borré como si hubiera pasado un temporal, para que en los días venideros nadie pueda reconocer el lugar de esa ciudad y de sus templos, que disolví en el agua y la dejé anegada".
   Cuando las demás ciudades protestaron por la destrucción de Babilonia, Senaquerib respondió secuestrando la estatua del dios tutelar de la ciudad, Marduk, para llevarlo a la ciudad de Nínive, donde, en presencia de las autoridades jurídicas del imperio, el rey sometió a juicio al dios, acusándolo de haber sido la causa del orgullo desmedido de Babilonia y de su subsecuente destrucción.
   La tableta en que se narran estos hechos está desportillada y no registra las palabras que el dios caído empleó para reivindicar su nombre, ni cuál fue la sentencia de los jueces.
   Lo cierto es que el dios finalmente triunfó sobre el humano, cuando años después Asarhaddón, hijo de Senaquerib, reconstruyó Babilonia y restauró a Marduk en su ziggurat.