No es la primera vez que les pasa, pero siempre los toma por sorpresa: luego de vivir en el limbo, han aparecido en un texto literario. Primero los invocó William Shakespeare para que traicionaran al príncipe Hamlet, que los manda a matar cuando descubre la trampa que le había tendido el rey Claudio. Luego aparecieron en una obra de W. S. Gilbert en 1874, convertidos en héroes románticos. Más recientemente, en 1966, recobraron su aspecto isabelino en Rosencranz y Guildenstern han muerto, de Tom Stoppard, una comedia absurdista.
Y ahora, repitiendo un sino trágico, resurgen en un minicuento.
—Tanto nos confunden, que ya no sabemos quién es quién —dice Rosencranz.
—No fue Rosencranz el que dijo eso. Fui yo —se queja Guildenstern.
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