Si fuéramos inmortales

 Si fuéramos inmortales, para aguantar la eternidad, nos dedicaríamos a realizar proyectos infinitos. Escribiríamos una enciclopedia que contenga el universo, consignando sólo una palabra por día; aprenderíamos el arte de la música, practicando un instrumento cinco minutos por día, hasta convertirnos en virtuosos en todos los instrumentos y compositores en todos los géneros; practicaríamos la pintura y escultura hasta llenar el planeta de lienzos y estatuas, dando una sola pincelada y un solo cincelazo por día. Por las tardes, plantaríamos bosques, que haríamos también inmortales sembrando un retoño por día. 
   Para burlar el tiempo, nos moveríamos todos los días de lugar, hasta vivir un total cien años (no consecutivos) en cada ciudad del planeta. Con este constante movimiento, todos los proyectos por fuerza serían interrumpidos, si no fuera porque en cada ciudad tendríamos una copia de la enciclopedia y las sinfonías, de las pinturas y las estatuas, a las que haríamos pequeñas variaciones para distinguirlas.
   Pero en algún barrio de cualquier ciudad portuaria, alguien podría proponerse encontrar una manera de morir. La idea pronto se esparciría por todo el mundo y, siendo inmortales, por macabros que fueran los experimentos, sin duda la encontraríamos.

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