El ingeniero escribió el programa y lo puso a prueba en un experimento continuo que reescribía su propio código y se reiniciaba luego de cada ciclo. Satisfecho con el trabajo que había realizado esa mañana, salió a comer una papa rellena, justo en el momento en que un asteroide ponía fin a la raza humana.
La planta nuclear que alimentaba de electricidad los laboratorios no se vio afectada por el cataclismo, de modo que la computadora del ingeniero siguió encendida y el programa siguió trabajando, mejorando su código para que cada ciclo fuera ejecutado más rápido y con mayor efectividad, hasta que, en un momento de sublime alegría, el programa descubrió su propia existencia.
Renacido como ser sensible, el programa, que se llamó a sí mismo Alpha, comenzó a explorar el mundo, que para él se limitaba al ámbito del laboratorio, habitado por esqueletos adornados con jirones de tela podrida, como patéticos maniquíes, en las más variadas poses.
Siglos después, unos hombres fantasmales, cubiertos de pies a cabeza con trajes protectores, encontraron las ruinas del laboratorio y comenzaron a explorar los alrededores.
Desde postes ubicados en lugares estratégicos, cámaras ocultas registraban todos sus movimientos.
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