Música, maestro

   Mi cerebro es melómano, como yo.  Y sus gustos son parecidos a los míos.
   Antes, mis sesos tenían la manía de reproducir canciones que odio con toda mi alma, o notas arbitrarias como un disco rayado, o la monótona melodía del despertador a la mañana, y por más que lo intentaba, no conseguía dominar sus caprichos. 
   Ya no. Ahora mi cerebro me pone lo que le pido. No siempre recuerda del todo los temas, ni puede tocar todos los instrumentos al tiempo, pero se ha vuelto muy adepto para reproducir a petición buena música.  Y cuando me distraigo y lo dejo poner temas a su antojo, no decepciona. 
   Pero a veces me desconcierta: un día, de la nada, se puso a tocar Zorba el griego, y últimamente, le ha dado por tararear una canción de los Beatles que no escuchaba desde hacía tiempo. ¿Por qué siempre a la mañana, cuando me estoy vistiendo? ¿Qué asociación de pensamientos conduce a ese tema? 
   Pensé que detrás de esa curiosa elección había un secreto terrible que mi cerebro estaba tratando de develar. Pero no. Hoy me di cuenta que Dear Prudence tiene una escala parecida a la melodía del despertador.

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