Dios asigna su ánima a la gente en el momento en que comienzan a respirar. Como el número de personas aumenta de generación en generación, la tarea de producirlas es cada vez más desafiante. Cada tantos años, Dios se ve forzado a reciclarlas, en vez de enviarlas al purgatorio o al infierno (en los últimos siglos, son menos los que se salvan).
Siempre que hay un desastre natural que causa decenas de miles de muertos, o una guerra que arrasa medio continente, es porque en el cielo hay una aguda escasez de almas.
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