Todas las personas que llegan a cierta edad lo confirman: el tiempo pasa más rápido a medida que envejecemos.
De niños, la noche del domingo era ominosa, porque sabíamos que por cinco largos días tendríamos que cumplir con los horarios, desde el lunes hasta el lejano viernes.
Al llegar a la mediana edad. en medio del trajín de la vida, a veces no sabemos si es lunes o martes. "¿Miércoles ya? ¿Tan rápido?"
Los ancianos, ya inservibles, a menudo olvidan si están en la primera semana del mes, o la segunda.
Es como si al final de nuestras vidas hubiera un hueco negro que se traga el tiempo, y a nosotros con él, en una lenta caída que se acelera a medida que converge hacia al centro del remolino.