Hay palabras, señora, que tienen una estética propia y difícil de precisar. La palabra algarabía, por ejemplo, ¿no evoca una bandada de gorriones? ¿Y qué decir de la palabra todavía? Suena tan bello como su significado.
¿La más bella de las onomatopéyicas? Tararear. No suena a español con todas esas erres suaves. ¿La más fea? Pum.
Hay palabras hermosísimas en singular, como gualanday, que pierden todo su encanto en plural: gualandayes. Hay palabras raras y exóticas, como abedul.
Usted dirá que no hay un modelo objetivo de fealdad, pero no me va a negar que las esdrújulas tienen demasiadas letras, aunque su acento antepenúltimo las hace útiles en las síncopas. O que las palabras provenientes del griego ya están bastante anquilosadas, además de ser transgénero, como problema, dilema, teorema. Hay palabras horribles que, tal vez no por coincidencia, riman con "fea": gragea, tea, diarrea.
Usted dirá que "la belleza está en el ojo que la mira", pero dígame si la palabra vergel no le recuerda al verde de los oasis. Y la palabra tropel, ¿no hace eco a la multitud de pisadas?
Hay palabras, señora, que tienen un "no sé qué". Como la palabra fragor.
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