Una mujer tenue

   Su carácter era muy dócil y nunca causaba una fuerte impresión. Todo aquel que la conocía, olvidaba su nombre de inmediato. Sus padres la abandonaron en el hospital, o tal vez la extraviaron. En el orfanato, sus compañeros se preguntaban todos los días quién era la niña nueva. 
   Ella se acostumbró a vivir al margen. Hasta su sombra parecía tenue y difusa. 
   Ahora anciana, teme que la muerte la haya pasado por alto. O tal vez sea su fantasma el que recorre las calles bulliciosas.
   Escasamente figura en esta crónica.
 

Paraíso perdido


   Si la serpiente no hubiera frustrado el plan divino, Adán y Eva estarían todavía retozando, libres de pecado, en el Jardín del Edén, compartiendo con las demás criaturas el mundo entero.

 

Sobre la belleza de las palabras

   Hay palabras, señora, que tienen una estética propia y difícil de precisar. La palabra algarabía, por ejemplo, ¿no evoca una bandada de gorriones? ¿Y qué decir de la palabra todavía? Suena tan bello como su significado.

   ¿La más bella de las onomatopéyicas? Tararear. No suena a español con todas esas erres suaves. ¿La más fea? Pum

   Hay palabras hermosísimas en singular, como gualanday, que pierden todo su encanto en plural: gualandayes. Hay palabras raras y exóticas, como abedul.

   Usted dirá que no hay un modelo objetivo de fealdad, pero no me va a negar que las esdrújulas tienen demasiadas letras, aunque su acento antepenúltimo las hace útiles en las síncopas. O que las palabras provenientes del griego ya están  bastante anquilosadas, además de ser transgénero, como problema, dilema, teorema. Hay palabras horribles que, tal vez no por coincidencia, riman con "fea": gragea, tea, diarrea.

   Usted dirá que "la belleza está en el ojo que la mira", pero dígame si la palabra vergel no le recuerda al verde de los oasis. Y la palabra tropel, ¿no hace eco a la multitud de pisadas?

   Hay palabras, señora, que tienen un "no sé qué". Como la palabra fragor.