Epifanía

    Una tarde de sábado, cuando estudiábamos los Cambios de Coltrane, Gerardo, el profesor de música, se detuvo en medio de una cavilación, miró hacia el techo con expresión beatífica y, sin darnos tiempo a reaccionar, salió corriendo de la casa. 
   Lo encontramos días después en un parque, sucio y desgarbado, contemplando las nubes. Por más que  insistimos, no logramos sacarle una palabra. No parecía enajenado: prescindía a consciencia del lenguaje. Le dimos pandebono con coca-cola y lo dejamos ahí. 
   Volvió a su casa un miércoles. Se sentó a escribir partituras y no ha dejado de hacerlo desde entonces.
   Nadie comprende esa música, ni puede tocarla.
 

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