Epifanía

    Una tarde de sábado, cuando estudiábamos los Cambios de Coltrane, Gerardo, el profesor de música, se detuvo en medio de una cavilación, miró hacia el techo con expresión beatífica y, sin darnos tiempo a reaccionar, salió corriendo de la casa. 
   Lo encontramos días después en un parque, sucio y desgarbado, contemplando las nubes. Por más que  insistimos, no logramos sacarle una palabra. No parecía enajenado: prescindía a consciencia del lenguaje. Le dimos pandebono con coca-cola y lo dejamos ahí. 
   Volvió a su casa un miércoles. Se sentó a escribir partituras y no ha dejado de hacerlo desde entonces.
   Nadie comprende esa música, ni puede tocarla.
 

La huella

   Ella vino, de muy lejos, para verlo. 
   El la llevó a ver cuatro mares, siete ciudades, tres desiertos y una montaña.
   Después,  ella volvió a su tierra.
   Quedaron  recuerdos: una prenda olvidada, cabellos azabaches que acechaban en lugares insospechados, su olor evanescente en las sábanas, y una huella de zapato en el interior de la puerta del carro (ella cruzaba una pierna).
   No tuvo el valor de borrarla. Desapareció con el tiempo. Igual que ella.