Sobre el sexo de las palabras

    No sea malpensada. No voy a hablar de las orgías secretas que se producen cada vez que cerramos un libro. Me refiero al género masculino y femenino de las palabras... en español, cabe diferenciar, puesto que muchos idiomas prescinden de tal clasificación gramatical. Específicamente, hablemos de las controversias que se producen en las culturas debido a la subjetiva naturaleza del sexo de las palabras.
   Tomemos, por ejemplo, la palabra calor. La regla gramatical estipula que las palabras terminadas en or son masculinas: el candor, el dolor, el fragor... Sinembargo, miles de personas han decidido que calor es una excepción y dicen la calor.  La academia se opone inútilmente a esta tendencia laica, que considera aberrante.
   Pero hay palabras que suponen un problema más profundo. ¿Por qué huerto y huerta coexisten en nuestro idioma, sin causar alarma entre los puristas? Es un misterio que señala tal vez hacia un arquetipo mixto, o al hecho de que fueron las mujeres las primeras en cultivar la tierra.
   Y hablando de arquetipos, consideremos por un momento la palabra luna, tan mujer para los hispanohablantes, pero neutra en el inglés y abiertamente transgénero en alemán. ¿Cómo pudieron esos antiguos hombres germánicos mirar al cielo y ver una divinidad masculina, y no a esa hermosa y luminosa diosa que a todas luces la luna es?
   Hay misterios, señora, en los que es mejor no ahondar.

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