Efecto mariposa
Juan Ramón se cortó afeitándose y eso le dañó el genio. Le gritó a su mujer por cualquier cosa, y ésta, ofuscada, poco después miró feo a la empleada del tendero. Ella, a su vez, se desquitó con su novio, el cual, en una discusión durante el almuerzo, se negó a pagarle a un proveedor. Éste recibió, a continuación, un regaño de su jefe, que a pesar de tener la razón se ganó un insulto de su subalterno.
Así se fue trasmitiendo esa rabia, de persona en persona, hasta que llegó, al caer la tarde, a un abogado que, no bien abrió la puerta de su casa, mató al gato de una patada.
En toda esta serie de circunstancias desafortunadas, la cuchilla de Juan Ramón fue la única que actuó a sangre fría.
Literalidad I
"¡Me cogió la tarde!", dijo doña Lucrecia, cuando se alistaba para salir de la casa. Y así era: la tarde la sujetaba de las ropas, los brazos, la cintura, el pelo... con tal fuerza que no podía mover ni un dedo. Tuvo que esperar pacientemente a que se olvidara de ella y la soltara, y así poder llegar (tarde) a la cita.
Por suerte, esto tuvo lugar en una ciudad al noroeste del subcontinente austral de América, que si hubiera ocurrido al sudeste, la descripción de la escena anterior habría sido muy diferente.
Sueños lúcidos
Todos los domingos a la madrugada, cuando la ciudad dormía, ella yacía sobre su colchón y practicaba los métodos del sueño lúcido, hasta que aprendió a relajarse para convencer a su cerebro de que su cuerpo dormía y, una vez comenzaba a soñar, a estar consciente de que soñaba.
Empezó con sueños que no requerían grandes habilidades: jugar al voleibol dando saltos extraordinarios para bloquear y hacer clavados; bucear por mucho tiempo, respirando bajo el agua, entre corales y peces fantásticos; o volar sobre los cañaduzales como un gavilán. Después se animó a tener sueños más complejos: inventar escenas psicodélicas, flotar en el espacio y vivir las existencias de otros seres, como las hormigas y los delfines. Comprendió que dominaba el arte del sueño lúcido cuando, un domingo de agosto, soñó que hacía el amor con un muchacho de su clase, a orillas de un lago, bajo las estrellas.
Una de tantas madrugadas, posada sobre una alta rama en un denso bosque iluminado por la luna, en el cuerpo onírico de un búho, vio un par de ojos luminosos entre el ramaje de un lejano matorral. Extendió sus alas y voló en dirección a ellos, evitando troncos y frondas, y al acercarse advirtió que se trataba de un lobo.
Entonces descubrió que no era ella quien volaba hacia esos ojos, sino que estaba siendo atraída por ellos, en contra de su voluntad. “No escaparás”, dijo una voz en su cabeza. Ella olvidó que estaba soñando y sucumbió al horror.
El día siguiente, por la tarde, encontraron su cuerpo inerme sobre el colchón. En su rostro se dibujaba el rictus de un grito silencioso.
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