Sueños lúcidos


   Todos los domingos a la madrugada, cuando la ciudad dormía, ella yacía sobre su colchón y practicaba los métodos del sueño lúcido, hasta que aprendió a relajarse para convencer a su cerebro de que su cuerpo dormía y, una vez comenzaba a soñar, a estar consciente de que soñaba.
   Empezó con sueños que no requerían grandes habilidades: jugar al voleibol dando saltos extraordinarios para bloquear y hacer clavados; bucear por mucho tiempo, respirando bajo el agua, entre corales y peces fantásticos; o volar sobre los cañaduzales como un gavilán. Después se animó a tener sueños más complejos: inventar escenas psicodélicas,  flotar en el espacio y vivir las existencias de otros seres, como las hormigas y los delfines. Comprendió que dominaba el arte del sueño lúcido cuando, un domingo de agosto, soñó que hacía el amor con un muchacho de su clase, a orillas  de un lago, bajo las estrellas.
   Una de tantas madrugadas, posada sobre una alta rama en un denso bosque iluminado por la luna, en el cuerpo onírico de un búho, vio un par de ojos luminosos entre el ramaje de un lejano matorral. Extendió sus alas y voló en dirección a ellos, evitando troncos y frondas, y al acercarse advirtió que se trataba de un lobo.
   Entonces descubrió que no era ella quien volaba hacia esos ojos, sino que estaba siendo atraída por ellos, en contra de su voluntad. “No escaparás”, dijo una voz en su cabeza. Ella olvidó que estaba soñando y sucumbió al horror.
   El día siguiente, por la tarde, encontraron su cuerpo inerme sobre el colchón. En su rostro se dibujaba el rictus de un grito silencioso.

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