Sus compatriotas eran toscos y pésimos compañeros de tragos. Penélope tenía mal aliento. Moría de tedio en las playas rocosas mirando un horizonte lleno de promesas. Cuando partió a Troya, juró que nunca regresaría.
Su largo retorno a Ítaca fue una sola juerga en que pasó de puerto en puerto y de mujer en mujer, hasta que se le acabaron las monedas.
Las historias sobre sirenas, hechiceras, cíclopes y mares desconocidos las inventó durante la travesía. Sabía que tendría que dar explicaciones.
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