Una rara enfermedad estaba matando la gente en el poblado. Un curandero que pasaba por ahí notó que la epidemia tenia su origen en un pozo contaminado. Sin pensarlo dos veces, purificó el pozo con hierbas y elaboró un antídoto.
La gente del pueblo, aliviada de la fiebre, le agradeció y lo recompensó con oro.
Pero comenzaron las sospechas:
—¿No es demasiada coincidencia —razonó uno— que haya aparecido justo después de la enfermedad? ¿No la habrá creado él mismo para enriquecerse?
El rumor se esparció, como la peste.
Al final, decidieron expulsarlo y exigirle el reembolso de la recompensa.
—Nunca voy a aprender —se quejó, camino al siguiente pueblo.