Cuando encarcelamos al líder de la rebelión, comenzó la lucha de sus seguidores por su liberación. Tuvimos que meterlos presos a ellos también, hasta que no hubo más lugar en las prisiones y construimos campos de concentración. Pero con el tiempo también éstos se hacinaron, así que se tomó la decisión de ejecutarlos.
Cuanto más insurrectos matábamos, más se rebelaba la población contra nosotros. Al principio los ejecutábamos de uno en uno. Después en grupos de cinco, luego de diez. Pronto no hubo paredón del largo suficiente. Cambiamos los métodos. Luego los mejoramos. El país entero olía a carne chamuscada.
El líder espera, todavía, por su reivindicación. La causa requiere sacrificios.
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