Después de cumplir los sesenta, a Antonio le sobrevino una falta general de elasticidad. El entumecimiento gradual de las coyunturas llegó al punto que no podía tocarse la punta de los pies y le crujía la espalda al enderezarse luego de buscar los zapatos debajo de la cama, y saltar un charco le causaba una onda de choque por el esqueleto y repercusiones dolorosas en las rodillas y las plantas de los pies.
Las córneas se le desenfocaban, y ni qué hablar de su mente. Antonio ya no tenía paciencia. Se había vuelto un cascarrabias. Exigía respeto por sus canas. Se había anquilosado, a medida que se había debilitado. "Así", pensaba Antonio, lóbrego poeta que había dejado de escribir, "hasta quedar tieso del todo."
Las córneas se le desenfocaban, y ni qué hablar de su mente. Antonio ya no tenía paciencia. Se había vuelto un cascarrabias. Exigía respeto por sus canas. Se había anquilosado, a medida que se había debilitado. "Así", pensaba Antonio, lóbrego poeta que había dejado de escribir, "hasta quedar tieso del todo."
Decidió revertir el proceso: se metió en una clase de yoga y en otra de tai-chi, extendiendo cada uno de los tendones de su cuerpo. Comenzó a hacer ejercicios de respiración. Al poco tiempo, le dejó de doler la espalda y sus pasos se hicieron más seguros y elegantes.
Antonio vive ahora con una universitaria que conoció en la clase de yoga, y ha vuelto a escribir versos.