Tulsa


   Ocurrió en el verano de 1921. Un muchacho negro y una muchacha blanca se encontraron en un ascensor. Ella era la ascensorista; él sólo quería ir al baño que les permitían usar a los negros en el cuarto piso. 
   Las versiones sobre ese encuentro fueron diversas. Unos dijeron que el muchacho tropezó y le agarró el brazo a la blanca. Otros que él la atacó. Algunos, en secreto, insinuaron que los dos se conocían y hasta los habían visto besándose.
   Sea como fuere, por causa de esa breve interacción, la ciudad de Tulsa ardió.

Reconstrucción

   Esta mañana de encierro recordé una novela que leí hace muchos años. Volví a ver la carátula roja, el título en letras blancas, y a sentir el olor de papel añejo. Luego releí mentalmente las páginas iniciales (empezaba con la descripción del protagonista, llamado Antonio); recordé las atmósferas, los espacios, los paisajes, el amplio arco de las historias de los personajes. Uno a uno los fui recuperando, con sus señas, opiniones, gestos, actos (a uno le cruzaba la cara una cruel cicatriz; otro se lanzó al fuego, cuando todo estaba perdido).
   Todo el día me lo he pasado en esta tarea. Donde quiera que dirigí la memoria, una batalla o una colina sagrada, logré, por asociación de ideas, recordar otros detalles de la novela, hasta reconstruir en mi mente un mapa bastante completo de aquel universo ficticio.
   Todo lo pude recordar, pero no las tardes que pasé leyéndola.

Corrigiendo el pasado (para anular el presente)

   Viajé al pasado y maté a mi abuelo. Bonita manera de enterarme que soy un bastardo.
   Volví al presente y enfrenté a mi madre. Me confió que el bastardo era mi padre, no yo.
   Volví al pasado y maté a mi abuela.