Los padres eran fanáticos del teatro isabelino y decidieron llamarla Ofelia. La abuela se opuso. Dijo que los nombres que damos a los hijos determinan su destino.
Tuvo razón: la niña, que nunca leyó a Shakespeare, murió ahogada a los 15 años, llevada a la locura por el asesinato de su padre y el desdén de su amante.
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