Los mártires


   Desde el comienzo del cristianismo, los evangelistas, como su maestro, murieron en el intento de difundir La Palabra. De acuerdo a la cultura de los pueblos que rechazaban el mensaje, sus muertes fueron variadas, ruines y dolorosas. Los judíos los lapidaron; los romanos los crucificaron y los arrojaron a las fieras; los celtas y germanos los pasaron por la espada, los quemaron en hogueras y los ahogaron en en ríos y lagos; los pueblos semi-nómadas de las estepas de Asia Central los enterraron vivos; los japoneses también los crucificaron, acaso sin saber que estaban reinventando en el siglo XVI la forma de ejecución preferida de los persas, los macedonios y los romanos; en las américas, fueron ofrecidos a los dioses de los pueblos indígenas, que tardaron en comprender la cruz.
   Gracias a su ejemplo y sacrificio, el cristianismo conquistó medio mundo. Pero el otro medio sigue siendo una espina en su costado.
   El último mártir es bastante reciente, un estadounidense que intentó evangelizar, en el 2018, a una tribu no contactada en el Pacífico Sur, y fue abatido por sus flechas.
   Ahora que el respeto por las culturas indígenas es mayor que el que algunos creen deberle a la  religión, este último mártir no fue considerado un santo, sino un tonto.



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