La mujer que amaba los gatos

    Vivía sola en el rancho que había sido de sus padres antes que la peste negra se los llevara. Era tímida y reservada, hablaba muy poco y rehuía los actos sociales. Los vecinos rara vez la veían afuera, caminando ensimismada por los senderos. Sus únicos acompañantes eran tres gatos: uno gris, uno blanco y uno negro. Los había criado desde cachorros, un regalo que le dejó una gata amarilla que se había arrimado a su rancho poco antes de parir.
   Los vecinos también la vieron jugando con ardillas, conejos y ciervos. Pero fue por culpa del gato negro de ojos verdes que las autoridades eclesiásticas la acusaron de bruja y conciliabula del diablo, y la condenaron a arder en la hoguera.