Hay en la casa de la abuela una pared con retratos de nuestros ancestros. No son muchos, pues —como explica ella— nuestro árbol genealógico se perdió en las brumas de la historia.
Le pregunto por el daguerrotipo de un hombre, judío ilustrado de finales del siglo XIX, apuesto, elegante, con barba y bigote bien peinados y chaqué de paño.
La abuela no sabe cómo se llamaba. Todos los que lo conocieron murieron en la guerra y sólo quedó de él ese retrato.
"No hay muerto más muerto que aquel cuyo nombre nadie recuerda", suspira.